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Tumbada en la cama e inmóvil, sentí que el silencio, agarrando en mi corazón, se movía, se expandía y retrocedía. Era un movimiento sincopado y de amortiguado latido, sin dolor pero con extraña dureza. Mi pensamiento, a golpes, batía mi mente, era una afirmación del no, sin otra salida que mi propio equivoco. Hora tras hora, la noche parecía eterna y sentí, una y otra vez, la distancia en tiempo, la que había entre mis latidos, entre este bombeo acallado por el silencio y el vacío del NO. No había ya ninguna duda para con el otro, no. ¡Qué insignificante me sentía para respuestas definitivas!. El silencio me agarraba con fuerza y mi pensamiento, una vez más, lamía y besaba, sin hacer ruidos, la inmovilidad misma de mi ser.

Cuando amaneció, el contraluz acarició mi mente, herida de nadas; mis sentidos estaban al rojo vivo y pensé, que era posible otro instante, otro desconocido instante con este otro; o afirmar que a nadie conocí. En mi contradicción, me sentí de nuevo que estaba en la fría y plateada hoja del estilete de mi emoción, Y NO EN OTRO LUGAR.

Chaude, 24/03/03, A nadie conocí 1/ulo