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Yo no sabía a qué flor me refería cuando escribí flor de invierno. La “flor de neu” es demasiado carnosa y aterciopelada -pensé entonces.
Yo no sabía a qué flor me refería cuando escribí flor de invierno. La “flor de neu” es demasiado carnosa y aterciopelada -pensé entonces.
Ahora sé que la amistad nació de la fragancia de lilas blancas que no tienen el aroma penetrante de las de primavera, sino un olor débil, apagado, como un aliento, como una bocanada. No conocía esta flor, aún hoy, sólo sé de su perfume que, ahogado en sí mismo, te sacude con su soplo de locura.
Rose,
29 de febrero 2004 |
De
intensidades
Pasan las horas y sé que, esta vez, pasó la
locura....
Y
ahora, palabras que se escriben, cuando mi cuerpo doliente
está adormecido….
Fue como un grito sin sonido y me estremecí frente al espejo de luces. Luces que quemaron las pupilas de mi ficción, que lásearon mi voz hasta oírla hilosa. Los rayos atravesaron mis venas hasta hacerme escupir sangre de luz. La nausea de mi locura, hasta la garganta. Mi corazón se refugió en la mente y marcó el pulso de mi desdicha, en un desvanecimiento convulsionado. No era mi reflejo, era todo el frío de este invierno de lilas blancas, este frío de mi propia presencia languideciendo, la que ahogó mi espacio construido; era una tempestad de nieve la que borró cualquier rastro de nosotros. Demasiados relámpagos se cruzaron y cegaron los sentidos.
No era mi tiempo por más espacio que me reinventara. Mi tiempo estaba detenido, y el suyo avanzaba con todos sus movimientos, tenía la fuerza de su voluptuosidad y la expansión de una juventud reencontrada.
Empezó con una ficción desgarrada por desamores; pero sabiéndome incapaz de reemplazar nada, sabiéndome libre. Y cómo el más literario de los incestos y cómo este lujo de sabernos únicos, construimos la más descolocada de las amistades, sin temer nunca de sus intensidades. Mi sensibilidad tomó la mirada, y sólo la mirada-palabra como imagen de tacto: nuestra estética era desnuda, y tú la trazaste en una esfera; nuestro tacto susurraba imposibles, nuestras caricias, nuestras sonrisas anestesiaron nuestras mentes heridas.....
Pero éramos vulnerables...., y ahora yo me siento totalmente vulnerable.
Chaude, 4 de marzo |
Desorientación
“Estoy y voy hacia el tren” fue el mensaje que escribí en el móvil aquella mañana. Quería afirmar la certeza que existía y que iba hacia la estación… Y aun así no llegué a la estación. Anduve y anduve por la ciudad, pisando este asfalto de color húmedo que tienen a veces las ciudades de mar. Andando conseguía que la memoria se detuviera, se parara; mi pensamiento iba hacia delante a ritmo de mis pasos y con una verdad: que existía. No tarde mucho en sentirme anestesiada y con la viveza que puede dar la mirada inocente. Mi mente iba llenándose de olvidos, y poco a poco perdí la orientación. Mi sensibilidad cedió al tiempo, dejándose llevar por las luces cambiantes del día, por el aire, ahora suave, ahora brisa de mar; por cualquier alteración del cielo, por… ,pero también por el frenético tráfico de mediodía, por la gente al pasar, por mi propio cuerpo fatigado. No paré de andar hasta que vi el sol perderse tras la colina de final de calle. Entonces me senté en un banco y en mi reposo me sentí bien, con tanto silencio en mi mente. No recordaba donde estaba mi casa. Aquella noche dormí en la estación central, apoyando mi cabeza en el hombro de una vieja mendiga que olía a musgo, a maleza, a hojas caídas, a tierra húmeda… mientras en mi sueño nadaba hacia un horizonte velado.
Por
la mañana miré el reloj y supe que aún podía coger el tren de
las 7,40.
Chaude, 1 de març |
sabes? Lo que ocurre es otra cosa. Has perdido, dejaste en tu trayecto algo demasiado tuyo, demasiado vital. La vida te seducía, justo despertar, día tras día, te seducía, y tú la seducías a ella... Todo, absolutamente todo, era envolvente, era arrollador, saliese bien o no, fuera positivo o negativo. Siempre había este impulso de mutuas seducciones y, tú, con ellas, sabías prolongar los excitantes instantes, enlazarlos, de hoy a mañana, y así, tenías un sentido emocionante y lleno; y nada había que no pudiera ser un reempezar. Tus horas de silencio, de pausa, de tristezas eran rápidamente engullidas por esta vital seducción que estaba en tu vivir mismo.
Dónde y cuándo abandonaste este tesoro? Y por qué? Nadie puede quitar algo así, nadie. Sólo tú misma....
Dolió mucho?
Pero hoy..., eres una rara avis, que, como tú muy bien me dices, estás en un proceso imparable de metamorfosis... y que no sabes bien dónde te lleva.
Déjame decirte algo, ahora tu deseo provocado, es un juego de artificios, por más que pienses que llenan instantes, es pura y simple realidad efímera... Tu hoy son raros espejismos, puedes verlos y olerlos y hasta tocarlos, pero se desvanecen, se desvanecen.
Tal vez, aprendas a convivir con estos constantes desvanecimientos... de imágenes sin mirada, que ciega tu pulso...
Pero, amiga mía, no sé pero diría que en tu este “después” todo se convierte en tiempo patético y cuando no, absurdo, una ridiculez que se va hacia un monólogo de nadas, hacia un saber de la distancia del otro, siempre en un sin lugar. Amistad, amantes en un hoy de instantes que se van, que te dejan, que nunca estuvieron contigo... sólo te restan fragancias que son reinventadas por tu ficción.
(fragmento de un e-mail de ?, 1 de marzo
de 2004)
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Narración de narraciones |
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Narraciones sobre narraciones en nuestra mañana de domingo. Narración de un desayuno en la desértica terraza del boulevard. Más allá, una inversión, el espejo que se volvió cristal, ventana de nuestro espacio prestado, y sin duda, espacio sobre blancos. Allí vi tus ojos verdes maleza mirando la imagen hecha de efectos: noche de luces, noche de city con sus luminosos anuncios, sus calles de coches....
Mientras, tu tacto viajaba por la geografía de mi cuerpo; mientras, mi mente untaba la mantequilla en la tostada; mientras, la narración de tu placer se construía en un continuo desvanecerse, y la luz jugaba a puntear el texto y mi mirada a difuminar el entorno de silencios.
El taxi paró en la esquina y después, el perfume de mi vestido se expandió por la habitación desnuda, no habían ya palabras de la última narración. Habíamos dejado en la mesa las políticas del periódico, la cultura del suplemento, la taza de té vacía, y sólo andamos tres pasos porque la narración volvió a empezar.
Sabes? no hubo ficción, son así mis espacios efímeros!, buscan siempre maravillas para un delicioso après, pero antes, colmar instantes; quería sorprenderte antes de tu marcha y, ahora, estas espurnes se ahogaban en los mil fragmentos de mi emoción. Después mirando el mar y comiendo pescado con tus amigos, tu sonrisa fue para mí…. y yo, sabiéndolo, no estaba. Y así la narración de narraciones que no escribimos, que vivimos aquella mañana de domingo.
28 de
junio 2004 (Charo en
Barcelona)
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